Martes 03 de Enero de 2012 15:42

Pesca contra turismo

por  Planeta Buceo
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El 25 de octubre del 2010 el pescador Humberto Andusi mató 25 ejemplares hembra (en gestación) de tiburón toro (Carcharhinus leucas) con permiso de la Sagarpa-Conapesca, a 300 metros de la costa de Playa del Carmen, en Quintana Roo.

Los tiburones vivos representaban un nuevo y espléndido atractivo turístico de buceo, incluyendo la práctica de alimentarlos, la cual ha adquirido gran popularidad en el Caribe, Australia, Polinesia y en el Mar Rojo.

 

Su significado es grande, cuando las poblaciones de tiburones en el mundo se han colapsado hasta en 99% por la pesca. Este pescador aprovechó la agregación de los tiburones sobre un arenal, lograda por el aprendizaje y las relaciones de confianza establecidas entre ellos y los buzos, y los asesinó con alevosía y ventaja (absolutamente legales) utilizando probablemente carnadas y arpones.

 

El buceo se ha desarrollado como una modalidad de turismo ecológico. Su éxito depende, obviamente, del estado de conservación, diversidad biológica y presencia de especies carismáticas en los ecosistemas marinos. Extiende la derrama económica y ofrece mayor identidad, calidad y marca a los destinos turísticos, además de asociarse a una emergente cultura de respeto, disfrute y valoración de los ecosistemas naturales.

 

El turismo en México, recordemos, aporta casi 9% del PIB, y genera más de 2.5 millones de empleos que representan cerca de 10% del total nacional. La pesca aporta sólo 300,000 empleos y menos de 1% del PIB. Cada buzo paga alrededor de 120 dólares por observar a los formidables tiburones en su hábitat natural y hasta 200 por ofrecerles comida, lo cual se hace de manera segura a partir de la experiencia ganada en la interacción con esta especie. Cada día más de 100 buzos procedentes de Europa, Estados Unidos, Canadá y México recurrían a los operadores de buceo establecidos en Playa del Carmen, quienes prestaban el servicio con estándares de calidad internacional. Por lo pronto, todo se acabó.

 

Los tiburones son peces elasmobranquios (cartilaginosos), que existen en el planeta desde hace al menos 400 millones de años. En la actualidad incluyen a cerca de 500 especies. En México se pescan a escala artesanal y de mediana altura, como pesquería dirigida y en forma “incidental”. Esto se hace con palangres y carnadas, arpones de liga o neumáticos, y con redes de deriva o enmalle que son verdaderas murallas de la muerte no sólo para tiburones, sino para mamíferos marinos y tortugas.

 

Los tiburones tienen una muy baja fecundidad y un largo periodo de gestación, lento ritmo de crecimiento y gran longevidad. Por eso todas las pesquerías de tiburón en el mundo han declinado o se han derrumbado en las últimas décadas. En México, entre 1990 y el 2003 la captura de tiburones se redujo en más de 22% (de 34,000 a 26,000 toneladas), aunque en las costas de Sonora, Yucatán, Colima y Veracruz, el declive ha superado 70 por ciento. Incluso, la mayor parte ya sólo son ejemplares juveniles (cazón). La muerte cada año de casi 80 millones de tiburones en el mundo (México es el quinto país matador mundial de tiburones) tiene mucho que ver con la sopa de aleta de tiburón, que es una delicadeza de la gastronomía china ahora accesible a cientos de millones de personas. Se capturan y a bordo se les cortan las aletas; son entonces arrojados al mar donde mueren inmovilizados y desangrados. Existe la Norma Oficial Mexicana 029 de Pesca que en el papel prohíbe el “aleteo” y obliga a desembarcar al cadáver de tiburón completo. Gran consuelo para los buzos de Playa del Carmen.


En México, los mares siguen siendo para el gobierno poco más que una gran olla de pescado. Su visión, políticas y decisiones son arcaicas, y casi virtuales sus capacidades de regulación y vigilancia pesquera. Está fuera de su comprensión que la fauna marina viva puede ser un activo y un enorme valor intrínseco o patrimonial, no sólo toneladas. Así, los mares mexicanos continúan siendo saqueados (la mitad de las pesquerías están sobreexplotadas). Si México aprecia en verdad su potencial turístico, casi toda la costa de Quintana Roo debiera decretarse como área protegida y, buena parte, de exclusión pesquera.

 

Fuente:

www.eleconomista.mx

 

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